lunes, 3 de agosto de 2015

wish you were here

Querida Lupita:

Te escribo sobre todo para ordenarme las ideas, y porque quiero pensar que sigues ahí, en alguna parte... ahí arriba; sé de sobra que, de llegar a enviarte esta carta, es más que probable que no la recibieras nunca. Lo del correo, después de la Bomba, no ha habido manera de arreglarlo. Y pensar en tener correspondencia con las colonias es de locos, claro. Bastante tenemos con lo nuestro.

Aquí somos pocos, ya sabes. Y pasar el tiempo en los túneles no ayuda a la convivencia, así que hay días que todo el mundo parece enfadado con todo el mundo, y no hay más que caras largas y, más que hablarnos, nos ladramos.

Se nos va la vida en completar todas las tareas: los turnos en las tuneladoras, las brigadas de desinfección, las guardias, construir, destruir... Apenas tenemos oportunidad de otra cosa, y además acabamos agotados y ni para soñar nos quedan luego fuerzas.

Sin embargo, algunos hemos encontrado tiempo y ganas para cultivar un pequeño jardín casi en secreto. (No hay nada que lo prohíba, pero nos gusta pensar así: nuestro jardín secreto. Nuestro: eso es lo importante, creo yo.) Está casi en la superficie, resguardado del exterior pero al alcance de la luz del día. Cultivamos casi cualquier cosa, y no puedes hacerte una idea de la alegría que supone ver esos pequeños brotes verdes, tan frágiles pero tan decididos a vivir. 



Anoche, antes de irme a dormir, me di cuenta de que uno de los cactus (es lo que más tenemos, claro) había florecido: una flor minúscula, arrugada todavía, húmeda y de color muy rojo. Y mientras intentaba conciliar el sueño, me pregunté si también en Marte tenéis vuestros jardines secretos. Me gusta pensar que sí, que los tenéis... y que estás ahora escribiendo una carta para contármelo, una carta manchada de polvo rojo que no voy a recibir nunca.

Buenas noches, Lupita. Ojalá estuvieras aquí.

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