lunes, 28 de diciembre de 2015

el mirador

En una habitación grande y, hoy, desolada. Frente a un ventanal en cinemascope. Es una silla. Una simple silla con muchos años encima. De las de diseño elegante y confortable que no se hacen ya, de madera desgastada.

Y es el punto exacto.

Hay un momento cada mañana, y hay un momento cada atardecer, en que luz y líneas de fuga confluyen en un paisaje como no se da en ningún otro momento y lugar de ninguna otra ciudad.



La habitación ha sido salón de un burdel de lujo y ha sido estudio de arquitectura, restaurante secreto, sastrería de teatro. Y siempre, a lo largo de los años, la silla ha estado en su sitio, el punto exacto. Nadie la ha orientado en otra dirección, nadie la ha movido ni un centímetro.

Y siempre alguien se ha encargado de atender a los escasos visitantes interesados en las vistas.

Lupita la descubrió muy joven, de la mano de su padre, y hoy todavía vuelve, puntual, una vez al año. Fuma un cigarrillo sin apartar los ojos del ventanal y después se marcha, en silencio. 

Hasta el año siguiente.

lunes, 21 de diciembre de 2015

cherry red

Ha pasado el tiempo y ya toca vaciar los armarios, seleccionar qué se tira y qué se hace con lo que no: las horas se van en pasear por la casa entre los recuerdos que acechan en cada rincón.

En el altillo de la que fue su habitación, Lupita ha encontrado en una caja un vaquero desgastado que no podría ponerse hoy sin reventar las costuras, y ha encontrado unas fotos desenfocadas de su primer viaje a Londres, y un puñadito de púas de guitarra, y una camiseta casi andrajosa de Kortatu. Y se ha quedado un buen rato ahí sentada, mirándolo todo con una media sonrisa congelada en los labios, entre el vértigo y la ternura.



Y lo ha decidido de golpe: de este año no pasa que se compre unas doctor martens de color rojo, se lo debe a esa chavala de pelo mal cortado que la mira desde las fotos, con su boca grande y sus ojos de mapache. Las que no pudo traerse de su primer viaje a Londres, porque el dinero era el que era y había tantos discos que comprar. Las que nunca se animó luego a regalarse, porque había siempre otras cosas, y lo primero es lo primero. 

Porque ya es hora.

lunes, 14 de diciembre de 2015

winter

En la ventana se ve ya luz, el ascensor lleva rato arriba y abajo y los vecinos se han puesto zapatos de tacón para ir y venir por la casa, pero Lupita se resiste a salir de la cama. Su gato Gato la mira desde el otro lado de la almohada y parece de acuerdo con ella, porque vuelve a cerrar los ojos sin hacer amago de moverse. 



Esconde la cabeza entre las sábanas, se hace un ovillo y se deja arrastrar otra vez por ese sueño invernal, pesado y dulzón, que no la abandonará ya hasta bien entrada la primavera.


lunes, 7 de diciembre de 2015

lost

Ya no recuerda cuándo se dio cuenta de los cambios, de la misma forma que no está segura ya de cómo eran las cosas antes de ese primer viaje en el tiempo. Cada vez que la Máquina funciona, se genera una infinidad de cambios potenciales que se enredan en una maraña de causas y efectos imposible de cartografiar, de manera que el mundo siempre es otro cuando el crononauta llega a destino. Y, lo peor, lo más turbador: es también otro el mundo, el "presente", al que regresa. Cada viajero del tiempo está condenado a vivir en una sucesión de realidades ligeramente diferentes de la suya, como fotocopias movidas, fotografías en las que el color ha virado. 



Así que Lupita pasa cada vez más tiempo sola. Siente que su percepción de la realidad, de las cosas que la rodean, está pixelada. Y ya no recuerda, no está segura de recordar, cómo empezó todo, cómo era su mundo. Sentada en la balconada, tomando café caliente, contempla los dirigibles que sobrevuelan la ciudad e intenta recordar, rescatar imágenes que no acaban de cuajar y se difuminan antes de adquirir nitidez.

lunes, 30 de noviembre de 2015

... y las plantas, sin regar

Es la secuencia habitual: Lupita sale del baño, por ejemplo, a buscar una bolsa, pasa por la puerta de la cocina y ve que está la luz encendida, entra, ve las zanahorias en la mesa, hay que guardarlas en el frigorífico; comprueba cuánto le queda a la lavadora y vuelve al baño sin la bolsa, sale otra vez a por ella,  pero la puerta del balcón está abierta, así que va a por la regadera y se acerca otra vez a la cocina para llenarla de agua ¿Cuándo ha guardado las zanahorias? De vuelta a la terraza pasa con la regadera por delante de la puerta del baño y ve que la luz está encendida, así que entra, se queda quieta un momento... ¿dónde ha dejado la bolsa?



Y así todo.

lunes, 23 de noviembre de 2015

con

A Lupita le gusta cortar la cebolla en juliana, muy finita, y añadir unos ajetes tiernos y un puerro bien picado, rendirlo todo a fuego bajo mientras corta las patatas. Las echa entonces, y deja que todo se vaya friendo despacio, lo remueve de cuando en cuando y aprovecha, mientras tanto, para batir los huevos.

Una vez están las patatas tiernas, lo retira todo del fuego y lo echa en el huevo batido. Aprovecha para picar cebollino fresco: le encanta el aroma. Lo mezcla todo y deja que se esponje. Lo vierte entonces en la sartén pequeña, que previamente ha puesto en el fuego con una pizca de aceite. Lo demás ya es dejar que vaya cuajando y darle la vuelta con el plato y buen pulso, pinchar la tortilla con un tenedor, ver cómo respira, otra vuelta y ya.



Dejar que se enfríe, comer luego con pan crujiente y un poco de vino tinto. No hay nada mejor.

lunes, 16 de noviembre de 2015

azul y blanco

Lupita está sentada tomando un café. Mira al exterior por el ventanal. Fuera hay árboles, un banco, gente que pasea. Cae la tarde.

Echa de menos fumar un cigarrillo. Es uno de esos momentos que parecen hechos para ese gesto, liarlo despacio y encenderlo, aspirar la primera calada, cerrar los ojos. Pero también eso ha quedado atrás, como tantas cosas.



Empieza a nevar, lento y blando. Con los primeros copos, sonríe.

lunes, 9 de noviembre de 2015

the girls are all right

Hedy Lamarr se ocupó de idear el equipamiento tecnológico, una maravillosa mezcolanza de distintas épocas con un elegante acabado steampunk de ribetes modernistas. Valentina Tereshkova aportó el coraje de quien se ha enfrentado en solitario al horror cósmico, y se hizo cargo de la maquinaria pesada y de toda la ingeniería. Nadia Comaneci, circunspecta y elástica, demostró una eficacia letal en el combate cuerpo a cuerpo. Alicia Liddell fue una excelente guía, gracias a su innata intuición para orientarse en entornos anómalos. Lupita, por su parte, se había encargado de reclutarlas y de motivarlas, y lideró, por supuesto, la expedición definitiva.



En un lugar indefinido, más allá del tiempo y perpendicular a nuestro universo, la Liga de las Mujeres Extraordinarias libra, todavía hoy, una batalla enloquecedora contra fuerzas más allá de nuestra comprensión. 

lunes, 2 de noviembre de 2015

lettera

Cuando empezó a escribir, Lupita utilizaba cualquier cuaderno a medio terminar, cualquier folio suelto. Escribía a mano y apretado, lo hacía en el silencio de su habitación, con el murmullo de fondo de la televisión en el salón. Leía en voz alta cada párrafo, tachaba una línea entera, cambiaba de hoja y volvía a empezar. Bolígrafo negro, bolígrafo azul, desde el principio las veces que hiciera falta y hasta que sonara como tenía que sonar. Entonces, y solo entonces, mecanografiaba el cuento (y aún modificaba sobre la marcha alguna cosa, y ahí sí que lo hacía un poco a lo loco, sintiéndose como un acróbata sin red). Una única copia que luego fotocopiaba para repartir entre sus amigas.


Hoy, después de muchas páginas y un buen puñado de años, echa de menos la ceremonia, aquella concentración que nunca más ha podido recrear. Echa de menos también el ruido de la máquina de escribir, esa campanita al final de cada línea, el sonido industrial de las teclas y el carro. Hoy es ya incapaz de escribir de esa manera: lo hace directamente en la pantalla, documento final. Lo hace de oído, sin apenas modificar nada. Pelea para atrapar en cada párrafo frases que se le escapan como agua entre los dedos, y disfruta sobre todo haciendo hablar a sus personajes como hablan esas chicas a las que escucha en el metro o por la calle, voces vivas, réplicas veloces, chispeantes.

Lee a veces esos viejos cuentos y se sorprende. Cuentos de miedo, novelas que nunca pasaron del primer capítulo. No se reconoce en esos folios, se pregunta qué fue de esa Lupita que escribía en su cuarto, en la cocina, robándole horas al sueño. También a ella la echa de menos. 

lunes, 26 de octubre de 2015

heavenly



Ahora que llegaron las lluvias, Lupita se ha comprado unas botas de color azul cielo para poder pisar todos los charcos.

lunes, 19 de octubre de 2015

Louise

Supo de ella en las páginas que dibujó Guido Crepax, esa Valentina audaz y enigmática, de piernas largas y mirada ensoñadora. Más adelante volvió a encontrarla de la mano de Corto Maltés y en Venecia: ahí estaba ya la risa vivaz y la piel luminosa de las que se enamoró después, viendo sus películas una y otra vez.

Leyó mucho sobre ella antes de decidirse, y por fin, una mañana despejada de octubre, Lupita introdujo el pertinente algoritmo en las entrañas de la Máquina y saltó atrás en el tiempo. Se instaló en Rochester y se las arregló para colarse en su casa con el equipo de la RAI que la visitó en 1983: allí estaba también Hugo Pratt, tan fascinado como ella misma. 


Durante los siguientes dos años, la vio a menudo. Escuchó las historias sobre su vida, el Hollywood del cine mudo, sus trabajos europeos, el alcohol, el sonoro, el eclipse. Aprendió a desentenderse del mito y llegó a amar a esa mujer ya muy destruída que era mucho más que sus recuerdos. 

Huyó dos días antes de su muerte, saltó aún más atrás, los años veinte. Quería cerrar el círculo, verla en su esplendor. Pero no se acercó a ella, prefirió contemplarla de lejos, como en una pantalla de cine, y quedarse con el recuerdo de quien después fue.

lunes, 12 de octubre de 2015


Se ha mudado tantas veces que ya ha perdido la cuenta, y en cada mudanza ha dejado un rastro de libros abandonados que luego ha ido recuperando y, a veces, redescubriendo. Es incapaz de imaginar una casa sin libros, porque no puede concebir su vida sin ellos: mesas atestadas, torres inestables en cada rincón, estanterías combadas por el peso. Desordenados a conciencia y con alegría: ese desorden que nace del uso diario, de la curiosidad repentina y del juego.



Así que, cuando alguna vez Lupita entra en uno de esos pisos en los que no se ve ni un solo libro, una de esas casas que parecen huecas, desiertas, no puede evitar mirar con suspicacia a quien vive en ella, no puede resistirse a la desconfianza. Y procura, en cuanto que puede, huir, poner tierra (y papel) de por medio.

lunes, 5 de octubre de 2015

meanwhile...

Hay dos mundos posibles. En uno de ellos, ese ruido de taladros que surge del túnel del metro sería la primera señal de alarma de una nueva acción del Hombre Topo, o quizá de las fuerzas hostiles de HYDRA. En el otro mundo, en cambio, no sería más que el estruendo habitual de las obras que nunca terminan.



Dos mundos posibles: color y blanco y negro, cara y cruz, ying y yang. Cada día, Lupita oscila entre los dos. Hoy, se decide por el primero. Deja de lado la mañana gris, la enésima entrevista de trabajo tediosa e inútil. Se ajusta los correajes y el antifaz, salta desde el andén, elástica, y avanza entre las vías en silencio, se adentra con paso flexible en la oscuridad aceitosa...

lunes, 28 de septiembre de 2015

balón prisionero

Fui uno de esos niños raros que aprendieron a leer antes de tiempo, de los que preferían estar en el patio de las chicas que jugar al fútbol con el resto de sus compañeros. (Claro que luego llegaba el momento del balón prisionero y BUM, era el primero al que volaban la cabeza.) Conocí a Lupita entonces, y de la mano fuimos viajando de esa niñez, a ratos brutal, a una adolescencia de anfetas y litronas, tan punkis los dos y tan guapos.



Mi servicio militar y sus años en la universidad nos separaron durante un tiempo de mierda. La Invasión, después, nos torció la vida a todos, pero nunca agradeceré lo bastante a los cascarudos que propiciaran nuestro reencuentro, ya en las filas de la Resistencia. Hemos sido uña y carne desde entonces, como lo fuimos en el colegio. 

En secreto, rezo para que la guerra siga para siempre, no sea que el regreso a la normalidad sea eso: volver a una vida sin Lupita.

lunes, 21 de septiembre de 2015

septiembre

A Lupita le gusta mucho ver cómo los gorriones se pasean por su balcón cada mañana. Dan saltitos, miran a un lado y otro, descansan un momento y echan luego a volar, a seguir la batalla callejera de cada día. 



Lo que no le gusta nada, en cambio, son esos días que amanecen medio nublados y ya un poco fríos, pero tampoco demasiado. Porque no sabe si ponerse ya las medias, o si la cazadora vaquera nueva le va a sobrar después, cuando empiece a calentar el sol. Le joden esas medias tintas, y echa ya de menos el frío de verdad, saber a ciencia cierta que hay que abrigarse y punto. (Y la manta en el sofá. Sobre todo, la manta en el sofá.)

Menos mal que, sea invierno o sea verano, en el bar de la esquina siguen poniendo las mejores patatas bravas del mundo. Le encanta terminar el día con una ración y una cerveza, charlando con el camarero, que tiene los ojos verdes más verdes que ella ha visto nunca. Que es que da gloria verle.

lunes, 14 de septiembre de 2015

por no hablar del perro

Hace tiempo, y un poco en broma, Lupita compartió con algunos amigos una lista de todas esas lecturas que dejaba para más adelante, los libros que se llevaría a la isla desierta de la jubilación. "Cuando tenga tiempo". Y lo decía medio en serio. Que si Proust, que si Mann, que si los rusos. (Todo animadísimo, además.)



Hoy, cuando han pasado unos cuantos años y muchas novelas, se da cuenta de lo absurdo de todo aquello... Era como dejar los deberes para las vacaciones de verano. Así que rompe la lista, que ha encontrado entre otros papeles mientras hacía limpieza en el despacho, y decide que, si hiciera otra, la llenaría de esos títulos que le apetece leer hoy mismo y no por obligación o mala conciencia cultural, sino por curiosidad. Y añadiría, además, todas esas relecturas que tiene pendientes, cosas que le gustaron mucho y cosas que fue dejando a medias porque igual no supo leer en su momento. Así que ahí estarían Chesterton y Poe, claro, y a lo mejor hasta Proust (no se rinde), pero también Mujercitas o Forastero en tierra extraña. Y todo Sherlock Holmes, otra vez. Y Tres hombres en una barca, que está segura de que le va a gustar mucho. 


(Y, mientras piensa en la lista y va añadiendo nombres y títulos, una sonrisa le ilumina la cara: así, sí.)

lunes, 7 de septiembre de 2015

viajera

Entre misión y misión ha de pasar un tiempo, para evitar el deterioro físico producido por la ingravidez, y Lupita lo aprovecha a veces para viajar. Le gusta hacerlo sola, y un poco de incógnito: evita a los compatriotas y huye de los grupos turísticos. Para ella, lo importante es patear las ciudades, pasearlas, dejarse llevar de una calle a otra, y luego a otra más, perderse. Prefiere fotografiar a los gatos callejeros que los monumentos "obligatorios", y pasa más tiempo mirando escaparates o el reflejo del mar al final de una cuesta que haciendo cola en un museo.



De esos viajes vuelve siempre enfadada con esa gente absurda que se indigna por no encontrar colacao en el desayuno del hotel, o que busca en la carta de los restaurantes tortilla de patata o paella, aunque estén en pleno Shibuya. Toda esa gente que parece salir del país para reafirmarse en su certeza de que, como en casa, en ninguna parte. Ella, que sí sabe lo que es estar de verdad lejos de casa, no puede entender tanta ceguera. Así que, cuando regresa a la Estación Espacial, lo hace casi con alivio...

lunes, 31 de agosto de 2015

volver


En su burbuja de tiempo detenido, orbitando la estrella de neutrones, Lupita piensa en volver, en regresar a la Tierra. Hace una lista de todo lo que echa de menos, cosas minúsculas que damos por sabidas: tener el cielo allí arriba y los pies en el suelo, mirar al horizonte, extender los brazos y no tropezar con paredes de metal, poder rozar otra piel; gritar, correr, dejarse caer sobre la hierba.



Con los ojos fijos en el abismo azul, metódica, elabora una estrategia lenta para aprovechar la curvatura extrema del espacio como posible vía de escape. Los algoritmos circulan como escolopendras de cristal por el sistema nervioso del ordenador de a bordo, el motor de la astronave se despereza con una sucesión de crujidos y murmullos. La oscuridad se incendia.


Es hora de marchar.






lunes, 24 de agosto de 2015

sweet


quiso recuperar esos recuerdos

el ruido de la cuchara en el tazón, el aroma del chocolate caliente
el chirrido nocturno de los grillos
el olor espeso de la higuera del patio
el sabor de ese arroz con conejo, del pan con aceite y azúcar
el murmullo del mar por las mañanas
el ladrar de las gaviotas

hizo una lista
la repasó, la reescribió



inventó alguna cosa, seguro
algo que le contaron, algo que quizá leyó hace tanto

ir en bicicleta por el paseo marítimo
comer sandía fresca en la playa

con la lista hizo una canción
aunque le faltaron las palabras y la rima se le trastabilló

estaba todo ahí, en la melodía
en la manera de cantar

su voz arenosa




lunes, 17 de agosto de 2015

dirty

Cómo no te vas a acordar de ella, es esa chavala que se cortó la melena un día y apareció con el pelo al dos y una minifalda de cuero que a las monjas casi les da un infarto... Sí, hombre, Lupita, la que estuvo tonteando con el Lanas, te tienes que acordar, que parecían siameses: iban juntos a todas partes, no los despegabas ni con agua caliente.

Eso es, esa misma.Te acuerdas, ¿no? Pues me la he encontrado hoy. En el tren, de vuelta del curro. Joder, qué mal rollo...



No lo sé, tío... Siempre me pareció que, de todos nosotros, era la que acabaría por comerse el mundo, y cuando la he visto así... Yo qué sé, me he quedado un poco hecho polvo.

No sé, apagada, gris. Cansada, triste. 

Pues eso, sí, como tú y como yo. Como todos: hecha una mierda. Pero, tío, es que ella no era así, ¿no te acuerdas? Lupita tenía luz propia, lo iba a petar... 

Joder, es que si ni siquiera ella ha podido ganar, entonces ya me contarás qué nos queda a los demás...

lunes, 10 de agosto de 2015

pinturas de guerra

Lupita fue esa niña rara que se quedaba leyendo debajo de la sombrilla durante los meses de verano. La que no tomaba el sol ni jugaba en la playa. La que no jugaba en el parque, ni en el patio del colegio. Fue esa niña rara que prefería jugar sola en casa, en su cuarto.

Los años pasaron y ella no cambió, pero sí su piel, que se tornó más y más blanca con el tiempo, hasta hacerse transparente y frágil como el cristal.

Y de pronto, de la noche a la mañana, Lupita desapareció. Se volvió invisible, como en ese episodio de Buffy.



Al principio nadie notó la diferencia. Ella estaba ya acostumbrada a que nadie se diera cuenta de si estaba o no allí, y actuaba ya desde antes como si nadie pudiera verla, porque en realidad nadie la miraba desde hacía mucho tiempo. Nadie. Sin embargo, poco a poco, muy despacio, algo en ella se fue activando, una desazón, una inquietud creciente. Se dio cuenta de que en el mundo real no hay cazavampiros que den la cara por una, y decidió que iba a tener que sacarse las castañas del fuego ella solita.

Cuando volvió, se había tatuado golondrinas en los hombros y un signo de interrogación en cada muñeca, se había cortado el pelo al dos y lucía el maquillaje como quien luce pinturas de guerra. Siguió prefiriendo leer a la sombra y jugar sola en casa, pero ya nadie pudo hacer como que no la veía. Nadie, nunca. 

lunes, 3 de agosto de 2015

wish you were here

Querida Lupita:

Te escribo sobre todo para ordenarme las ideas, y porque quiero pensar que sigues ahí, en alguna parte... ahí arriba; sé de sobra que, de llegar a enviarte esta carta, es más que probable que no la recibieras nunca. Lo del correo, después de la Bomba, no ha habido manera de arreglarlo. Y pensar en tener correspondencia con las colonias es de locos, claro. Bastante tenemos con lo nuestro.

Aquí somos pocos, ya sabes. Y pasar el tiempo en los túneles no ayuda a la convivencia, así que hay días que todo el mundo parece enfadado con todo el mundo, y no hay más que caras largas y, más que hablarnos, nos ladramos.

Se nos va la vida en completar todas las tareas: los turnos en las tuneladoras, las brigadas de desinfección, las guardias, construir, destruir... Apenas tenemos oportunidad de otra cosa, y además acabamos agotados y ni para soñar nos quedan luego fuerzas.

Sin embargo, algunos hemos encontrado tiempo y ganas para cultivar un pequeño jardín casi en secreto. (No hay nada que lo prohíba, pero nos gusta pensar así: nuestro jardín secreto. Nuestro: eso es lo importante, creo yo.) Está casi en la superficie, resguardado del exterior pero al alcance de la luz del día. Cultivamos casi cualquier cosa, y no puedes hacerte una idea de la alegría que supone ver esos pequeños brotes verdes, tan frágiles pero tan decididos a vivir. 



Anoche, antes de irme a dormir, me di cuenta de que uno de los cactus (es lo que más tenemos, claro) había florecido: una flor minúscula, arrugada todavía, húmeda y de color muy rojo. Y mientras intentaba conciliar el sueño, me pregunté si también en Marte tenéis vuestros jardines secretos. Me gusta pensar que sí, que los tenéis... y que estás ahora escribiendo una carta para contármelo, una carta manchada de polvo rojo que no voy a recibir nunca.

Buenas noches, Lupita. Ojalá estuvieras aquí.

lunes, 27 de julio de 2015

shackleton

cuarenta grados a la sombra y yo aquí, atrapada en el hielo
(y menos mal)

miro por la ventana empañada y me parece ver que las chicas huyen del sol y los coches quedan varados en charcos de asfalto derretido

arde la calle, pero aquí dentro la nieve se acumula en el pasillo 
y a veces me parece escuchar el lejano aullido de los lobos al otro lado de la casa, donde el frío arrecia y sopla la ventisca

y estoy pensando en astillar el mueble del salón para alimentar el fuego por las noches y calentar mis dedos azules 

la escarcha no me deja ver la televisión y no sé qué es ese ruido en la cocina: ¿osos?
 (quizá pingüinos emperador, preparándose para lo más crudo del crudo invierno)



qué largos se hacen estos meses



a ver si llega noviembre 


lunes, 20 de julio de 2015

ilustrada

Siempre que veo a Lupita me acuerdo de ese libro de Bradbury. 

Me gustan todos sus tatuajes, y me gusta mucho la elegante arrogancia con que los luce, ese gesto natural con que los asume como propios, igual que se asumen y se lucen las pinturas de guerra. 

Me gustan, sobre todo, esas frases que le dibujan la circunferencia de los muslos con caligrafía de señorita victoriana, y los diseños enigmáticos que le recorren la espalda y se resuelven en un tentáculo sinuoso que le acaricia la nuca.


En el libro, cada tatuaje llevaba a un cuento diferente. No sé si los de Lupita también, pero sí sé que, con ella, historias no van a faltarnos.


lunes, 13 de julio de 2015

summertime

hace tanto calor que la cerveza se calienta en la botella antes de que pueda apurarla, así que va dejándolas a medio vaciar en la encimera y abre una nueva, bien fría, para poder desfrutar ese primer trago helado que es mágico 



eso es el verano: un montón de libros a medio leer, cerveza fresca, el zumbido del ventilador, esperar a que la noche caiga



...y esa pereza tremenda que se enreda entre las piernas


lunes, 6 de julio de 2015

bandera negra

A Lupita le gusta hacer la última guardia. El horizonte se tiñe de rojo sangre antes de que el sol vuelva a abrasar el paisaje, y la madrugada aún deja un respiro fugaz de aire fresco. 



Luego ya todo es una rutina frenética: despertar a los demás y preparar la primera defensa, las primeras incursiones; acechar el rumor metálico de los drones, vigilar el cielo encendido en busca de merodeadores, alerta siempre, sin detenerse a pensar... 

Es la mejor en lo suyo, feroz e implacable, pero esos minutos de calma antes del amanecer no los cambia por nada...

lunes, 29 de junio de 2015

Los Cinco juntos otra vez

Lo cuentas hoy y es para que nadie se lo crea, pero ocurrió así. La sentaron en el regazo de un señor de bata blanca que la rodeó con sus brazos para que no se moviera, y luego la cubrieron con algo parecido a una sábana, o quizá un hule. Después le encajaron en la boca una aparato para evitar que la cerrara, y el otro médico procedió a arrancarle las amígdalas de cuajo con algo parecido a unas pinzas para el hielo. A Lupita no se le olvidó nunca el sonido del rasgarse la carne, ni el dolor blanco y rojo que le encendió la garganta. El chorro de sangre fue de película gore, y pataleó como una loca hasta agotarse.



Después, la decepción: había visto siempre en la tele que, en ese trance, las niñas pasaban unos días idílicos de cama y helados. Ella los helados ni los probó, que era invierno y a su madre la televisión le daba lo mismo, y lo de la cama se le hizo una pesadez en cuanto que pasó lo peor del dolor y el escupir moco y coágulos. Menos mal que su prima llegó al rescate con un guiño, su mejor sonrisa (qué guapa era) y un paquete de libros de Los Cinco que Lupita se leyó, uno detrás de otro y vuelta a empezar después.


lunes, 22 de junio de 2015

hevanly creatures

Lupita se acuerda a veces de aquellas reuniones de parroquia con jovencitas de aire bovino que declaraban su tristeza por toda esa gente que no conoce la felicidad de tener en sus vidas a Jesús (y ahí, al decirlo, la miraban todas a la vez como los niños de "El pueblo de los malditos"). Y se acuerda también de esa chica de apellido italiano con dobles consonantes, su aliada en el rebaño. Tenía labios gruesos y las faldas más cortas que ella había visto nunca, y arrastraba una voz lenta y rugosa a juego con su mirada perezosa y de ojos caídos. Compartían guiños y sobrentendidos, y paseaban a veces de la mano.



Han pasado los años y, por mucho que lo intenta, no consigue recordar cómo fue que las dos acabaron yendo a esas reuniones absurdas, ni consigue recordar por qué aquella chica desapareció de su vida así, sin más. Han pasado los años y a Lupita le gusta imaginar que también la otra se acuerda de ella alguna vez, que se pregunta también qué habrá sido de ella. 




(Una cosa no ha cambiado desde entonces, eso sí: Jesús ni se acerca.)

lunes, 15 de junio de 2015

lo que queda del día

Tú no te has dado ni cuenta, pero esta mañana te he visto: estabas en la puerta de la tienda, fumando, charlando con otra de las chicas. Te has teñido el pelo de un rojo metálico muy vivo, como de cobre caliente. Me has recordado un poco a Jean Grey, fíjate... 

La verdad es que daba gloria verte.




En fin, que me has puesto de buen humor para lo que queda de día, Lupita.

lunes, 8 de junio de 2015

tambores (de guerra)


 Lupita tiene a veces que encerrarse con la batería, y pasa horas tocándola
con la precisión de un metrónomo y la furia de un huracán

el bombo suena como el corazón de un gigante
y ella toca sin descanso hasta que el sudor le resbala por la espalda
y le duelen los brazos, los hombros

toca hasta agotarse y quemar la mierda acumulada

toca para poder después volver al mundo nueva y limpia
 para enfrentar otro día








para no dejarse doblegar

lunes, 1 de junio de 2015

moléculas inestables

Nadie se acuerda ya, pero Los 4 Fantásticos fueron al principio cinco: los primeros meses, cuando todavía no controlaban bien sus poderes y dudaban entre dedicarse a ser eso, Los 4 Fantásticos, y perderse en la Zona Negativa en busca de aventuras y de patentes jugosas, lejos de responsabilidades y compromisos. 

Lupita sigue a día de hoy con su vida y casi nunca piensa en ellos, pero les escucha hablar en el intercom que el doctor Richards insistió en que conservara, y de cuando en cuando le puede la nostalgia, y mira por la ventana, busca la señal de alerta, ese 4 llameante en el firmamento... 



Y a veces, cuando se incendia el horizonte o se escucha el fragor de la batalla en las noches interminables, cuando suena el rugido del fantasticar sobre la ciudad, cuando la silueta pavorosa de Galactus oculta el sol... entonces, siente como un hervor en la sangre, y está a punto de dejarlo todo y subir a la azotea, convocar a los vientos cósmicos, echar a volar...

lunes, 25 de mayo de 2015

té para dos

He visto hoy en el tren a dos chicos y una chica, esa combinación tan de todos los días. Ella, de perfil delicado y flequillo rebelde, los ojos grandes que van de uno a otro, la sonrisa dulce. Y ellos. Expansivo uno, de gestos a lo mejor un poco torpes, deportista, más o menos guapo, a esa edad no acaba de definirse bien; muy payaso. El otro, su reverso: tímido y delgado, de cejas gruesas y manos muy blancas, como olvidadas sobre las rodillas.Flash Thompson y Peter Parker, la misma historia de siempre, él y ella y él, mirándose. Yo los miro también mientras simulo que leo, y me acuerdo de cuando tú y él y yo, Lupita, y me sube una marea amarga por dentro. 



Ha pasado el tiempo y sigo esperando que me pique la puta araña radioactiva. Hay días en que me da por perdonarte que te lo tiraras, ¿sabes? Pero, la verdad, a quien de verdad echo de menos es a él. Y no me cuesta nada imaginar... 

lunes, 18 de mayo de 2015

night music

el crujir de los muebles que se acomodan al tiempo nocturno, más lento
el viento que agita la persiana con ruido de osario
el borboteo repentino de las cañerías
la calefacción que se enfría
una risa en la calle, pasos apresurados


en la Estación Orbital, adormilada
por el murmullo perpetuo de las máquinas, Lupita flota
en su habitáculo
y añora los sonidos de la Tierra 

lunes, 11 de mayo de 2015

aviones de papel

Se puede decir que nos pasábamos el verano en la azotea, era nuestro territorio. Montones de tebeos, libros de Los Cinco, papel para dibujar y la piel a prueba de rayos gamma: ¡cómo pegaba el sol! Los tres panza arriba, cada uno un poco a lo suyo pero pendiente siempre de lo que los demás hicieran. Inventando aventuras sobre la marcha, construyendo sueños en común que manteníamos de un año para otro. Cuando caía la noche, antes de bajar y separarnos, mirábamos un ratito las estrellas: esa parte del sueño era de Lupita, ahí pilotaba ella y nos llevaba de tripulación hasta Ganímedes, por lo menos.


Con el tiempo fuimos subiendo menos a menudo, y llevamos a otra gente, además. Se acabaron Los Cinco y llegaron las primeras cervezas, los cigarrillos, sueños más terrenales. Empezamos a mirar menos al cielo y mucho más a las chavalas de falda corta y ojos grandes que a veces se venían con nosotros: la piel caliente de sus muslos era la única última frontera que entonces nos interesó explorar, y mientras estábamos en eso (con poca fortuna y más de una catástrofe, ay) Lupita no dejó nunca de escaparse a última hora para mirar la luna, a solas o bien abrazada a alguien.


Hoy me he acordado de repente, después de hablar contigo. Menudo día de noticias de mierda: el accidente de J, el velatorio de L, los resultados de esas pruebas que me hice...  yo qué sé. Llevamos igual veinte años sin vernos, pero hoy me he acordado y esta tarde voy a subir a la azotea otra vez. Me voy a subir con unos botellines y un par de tebeos y voy a esperar a que anochezca, y voy a buscar el destello de la Estación Orbital, ya sabes que desde aquí se ve de lujo. Y voy a brindar por Lupita, que estará allá arriba y a lo mejor también se acuerda de nosotros. Ella fue la única que se atrevió a perseguir su sueño, y acabó por conquistarlo.

Y voy a brindar también por los demás, claro. Los que seguimos aquí... y, sobre todo, los que ya no están.

lunes, 4 de mayo de 2015

el puente

Recuerdos de una cocina grande en la que palpitaba la vida entera de la casa, con los gatos del vecindario entrando y saliendo, el charloteo incesante de la radio y el aroma del laurel y el tomillo puestos a secar. Una mesa grande y pulida por el uso, de madera oscura, una mesa donde dibujar y leer mientras el puchero hierve despacio. Sartenes y cazuelas amontonadas, platos de loza gruesa, frascos de compota y miel, conservas caseras en los armarios. Vecinos que entran a saludar, risas en el patio, el sabor del pan recién hecho.



Hoy, en su cocina escueta, Lupita bebe café con leche en los mismos tazones de su niñez. Están un poco desportillados, pero los cuida con mimo: le gusta sostenerlos y que le llenen las manos, sentir su peso en ellas. A veces, en esos días lentos y de cielo encapotado, también ella siente el ánimo desportillado, y le parece estar atrapada en una secuencia a cámara lenta que no acaba nunca. Días de añorar no sabe bien qué.

lunes, 27 de abril de 2015

cosas que pocos saben de Lupita

Lupita no aprendió nunca a montar en bicicleta, y además no lo echa de menos: cada día detesta más a todos esos bicivioladores que invaden las aceras en bandadas abruptas, como matones de billar y correccional


a veces, cuando está sola y a lo mejor ha bebido una copa de vino de más, le da por llorar mientras escucha el Romance Morlock de Parade


cuando en la cama tiene calor, saca de entre las sábanas un pie chiquito y blanco, termodinámico



guarda en una caja, en lo alto de un armario, algunos vinilos de cuando era muy joven y que hoy le dan un poco de vergüenza, pero de los que no se anima a deshacerse: los primeros de Duncan Dhu y La Dama se Esconde, nada menos, alguno de Umberto Tozzi, ese primer single con portada de línea clara de los Hombres G


ha vuelto a fumar después de mucho tiempo de haberlo dejado, y es que le encanta todo el asunto de liar esos cigarrillos minúsculos como de película indie, que son los mismos que liaba su abuelo cuando se la llevaba al parque y le daba a leer novelitas de a duro con títulos truculentos y maravillosos


con los años se ha dado cuenta de que le gusta madrugar, pero no hacerlo por obligación, sino porque sí, porque se lo pide el cuerpo y no hay más que hablar

lunes, 20 de abril de 2015

autónomos

Ayer me crucé con ella en el cercanías, y mi primera reacción fue esconderme. A pesar de los años, me sigue saltando a veces un resorte de pudor incontrolable que no acabo de entender. Sigue siendo igual de pelirroja, pero la vi cansada, con aire de derrota. Me pareció su propia sombra, su fantasma, y eso me entristeció mucho, la verdad.



Con ella eran tres, pero me acuerdo sobre todo de las otras dos, Lupita y Blanca. Me acuerdo de asambleas y saltos en la calle, de encuentros en bares que imaginábamos clandestinos. Mucho reír y mucho hablar, correr con el corazón en la boca, toda esa urgencia. Las tres gracias marxista-leninistas y yo en medio, la cuarta pata de un banco que no podía estar más cojo.

A Blanca la vi también no hace mucho. Iba con dos chavalines, imagino que sus hijos. Me pareció igual de frágil, igual de cálida que entonces. Estoy casi seguro de que me miró cuando nos cruzamos; lo que no sé es si llegó a verme. Yo creo que no. Casi espero que no. 

De Lupita no he vuelto a saber nada. Un día desapareció sin más. Sin dejar una dirección, sin despedidas ni explicaciones. Nos costó hacernos a la idea, sobre todo a ella, a la pelirroja: compartían mucho más de lo que hacían ver, aunque no sé hasta qué punto ellas mismas lo sabían. Asumimos los tres un pacto de silencio que nadie había redactado, como ahora compartimos uno de olvido, aunque de la boca de Blanca no me voy a olvidar nunca. Sin Lupita, no tardamos en dejar de vernos, en dejar de buscarnos. Sin darnos cuenta, sin llegar a extrañarnos. Como la noche sigue al día.

Y desde entonces, entre unas cosas y otras, todo esto es un poco una mierda.



lunes, 13 de abril de 2015

cuadernos

A Lupita le gustan las estaciones de tren. Pasear entre la gente, sentarse a escuchar sus conversaciones. Dibujar en un cuaderno los rostros que le llaman la atención, las piernas cruzadas de alguna chica que espera, la perspectiva de las vías que se alejan. Se siente viva, rodeada de un bullicio de historias a punto de empezar, a punto quizá de terminar: historias en marcha, en cualquier caso.



Le gustan también los aeropuertos, pero por todo lo contrario: le parecen lugares fríos, como a medio abandonar. Cuando camina por ellos piensa siempre en los cuentos de Ballard, toda esa desolación clínica, y sus dibujos son escuetos, geométricos: siluetas minúsculas perdidas en el blanco del papel, líneas de fuga, carteles ilegibles, maletas abandonadas.

lunes, 6 de abril de 2015

trilogía

Lupita creció salvaje en la jungla, única superviviente del naufragio de la HERMES III, misión colonizadora frustrada. Criada por los esquivos aborígenes, criaturas de cuatro brazos y tres sexos que no tenían palabra para decir cielo, o estrella, y mucho menos cosmonauta, pasó su infancia en silencio y vigilando el cielo, a la espera no sabía bien de qué, pero a la espera siempre.


Fue rescatada por miembros de una expedición que se dirigía a las inmediaciones de Mercurio para, aprovechando el tirón gravitatorio del Sol, lanzarse en una prolongada elipse que los llevara hasta los confines del sistema. Con ellos pasó una adolescencia prolongada en el tiempo gracias a las diversas modificaciones que los técnicos incorporaron a su organismo. Pasaron los años, las décadas, y Lupita contemplaba las estrellas arder en la oscuridad. Visitó las lunas de Júpiter y surfeó en los anillos de Saturno. Y, mientras tanto, durante la larga, lenta travesía, no dejaba de esperar no sabía qué.



Regresó a la Tierra, de donde sus padres partieran muchos años antes en una de esas misiones de colonización ya olvidadas. Adaptarse a la gravedad fue duro, pero no tanto como integrarse en una sociedad compleja y demente, tan alienígena para ella como lo fueron las criaturas ciegas que poblaban los océanos de Titán. Volvió a modificar su cuerpo y dejó que el tiempo dejara su huella: envejeció. Y, mientras tanto, siguió esperando, sola en su retiro, a orillas de un mar aceitoso y muerto. Archivando recuerdos. 

Esperó, sin saber qué, hasta el momento final. 

lunes, 30 de marzo de 2015

spring

Lupita sale al balcón y contempla el cielo. Confía en que pasen pronto los primeros días de la primavera, tan fríos, para poder trastear con los tiestos: hay que trasplantar y hay que sembrar alguna cosa, hay que sanear la mayor parte de las plantas y hay que remover un poco la tierra aquí y allí, hay que organizarlo todo otra vez.

Los tulipanes no dan todavía señales de vida. Quizá el sol caliente más mañana.



Apoyada en la barandilla, fuma despacio y mira la ropa tendida en el balcón de enfrente. Mallas rojas y negras, como el guardarropa de un superhéroe.

lunes, 23 de marzo de 2015

hominis nocturna

El ruido blando de la lluvia la despierta de madrugada. Apenas abre los ojos, se deja mecer en ese estado esponjoso en el que sueño y vigilia se mezclan y las ideas nacen liberadas de gramática. 



Piensa un momento en abrir la ventana para que los vampiros y otras criaturas de la noche puedan refugiarse, pero vuelve a dormirse casi sin darse cuenta. No llega a oír el aleteo húmedo en el alféizar.


lunes, 16 de marzo de 2015

quimio

Lupita se mira en el espejo y se pasa la mano por el cráneo rasurado. Como Sigourney en la tercera de Alien. Cansada de que la miren, cansada de no querer parecer cansada. Cansada de ser fuerte, de hacer chistes de pelucas.

Piensa en una foto que vio anoche antes de venirse abajo, porque a veces el desánimo puede con ella, y quiere tener derecho a derrumbarse, a compadecerse y a llorar. Una típica imagen pornosentimental, de esas que suelen ponerla de mal humor: una niña en una cama de hospital, sin pelo y vestida de Wonder Woman. Ganarle a la enfermedad. Pelear.

Se acuerda de la otra vez que se rapó, hace ya su buen montón de años: botas militares, medias rotas, chupa de cuero y lápiz de labios negro. La cara de su madre cuando la vio así... eso no se le va a olvidar en la vida. Ni las dos bofetadas que le soltó. Pasó tiempo hasta que volvieron a hablarse.




Es casi la hora de salir. Habrá que ponerse el chaquetón, que empieza a refrescar y no faltaba más que eso. Wonder Woman,  princesa de las amazonas... ¿Las amazonas no se cortaban un pecho para poder disparar sus arcos?

Respira hondo antes de abrir la puerta de la calle. Aquí te quería yo ver, Diana Prince...

lunes, 9 de marzo de 2015

social



A los pocos meses de abrir el blog, Lupita descubrió que no se sentía cómoda escribiendo determinadas cosas para que las leyera cualquiera, todos esos conocidos (o no tanto) que cada día entraban y dejaban comentarios, así que decidió abrir otro del que no contó nada a nadie y que no firmaba con su nombre. En él pudo desentenderse del pudor, pero conforme pasaba el tiempo la cosa se complicaba y le resultaba cada vez más difícil mantener un equilibrio de cuerda floja sin red. Lupita Hyde contaba y decía cosas que nadie relacionaría nunca con Lupita Jekyll, pero la barrera entre ambas se fue haciendo más y más frágil y las cosas se fueron complicando hasta que, en una catarsis pública y compartida en todas las redes sociales, las dos confluyeron en una Lupita única que no se avergonzaba de nada, una Lupita madura y valiente.

Todo fue bien un tiempo, pero un buen día, la catástrofe: su madre le pidió amistad en Facebook, y vuelta a empezar...

lunes, 2 de marzo de 2015

mecha

Se rompió en dos con un crujido seco, y esperó en caída libre, entumecida y angustiada, hasta que el robot de rescate la localizó entre los escombros del accidente. Supo antes de que nadie se lo dijera que no volvería a andar, y por un momento sintió que el suelo se abría bajo sus pies, que la vida se le hacía pequeña y negra.

Pero el Programa Espacial no abandona a su gente. (O, en palabras de sus detractores, aprovecha hasta la última gota de su sangre.) Inyectaron en su sistema nervioso un torrente de nanobots que no pudo regenerar la médula espinal, pero que sí propició el desarrollo de una conexión neuronal abierta. Muy pronto aprendió a integrarse en el primer exoesqueleto experimental y pudo volver a caminar, pero el proyecto era mucho más ambicioso.

En pocos años, Lupita pudo manejar cuerpos mecánicos más y más grandes, más y más sofisticados. Dejó de ser una excepción, además, y enseñó a los nuevos reclutas a manejarse, a no caer en los errores que ella tuvo que superar en solitario, paso a paso. 



Hoy, los gigantes exploran las lunas de Júpiter y Saturno, y construyen complejas estaciones orbitales y plataformas de lanzamiento de cara a futuras expediciones extrasolares. Despacio, una vanguardia de titanes híbridos, cuerpo artificial y aliento humano, avanza hacia un futuro que nadie antes se atrevió a imaginar. 

lunes, 23 de febrero de 2015

películas

He encontrado un viejo álbum de fotos en un contenedor, entre libros despanzurrados y muebles inservibles: mi radar se dispara cuando hay papel náufrago en el entorno, y no puedo evitar mirar y remirar. Eran fotografías viejas, claro, hoy ya nadie las guarda así, ordenadas en cada página como viñetas de colores saturados, o de ese blanco y negro doméstico tan alejado del dramático de los reportajes de interés social. Algunas de ellas parecen planos descartados de una película antigua, con actores desconocidos en actitud casual y relajada, como esperando entre secuencias; charlando entre sí, fumando, intercambiando sonrisas o gestos cómplices. 


En dos de las fotos aparece una chica muy joven, justo en esa frontera frágil en que las formas se redondean y la mirada se enciende. Una chica de flequillo desordenado y ojos grandes que me recuerda tanto a Lupita. Sonríe con unos labios muy rojos, de ese rojo en technicolor que ya no se ve, y ahora no dejo de mirarla y preguntarme qué habrá sido de ella, quién fue, cómo le ha ido en la vida. 

lunes, 16 de febrero de 2015

pSYcHo CanDy

Sara es delgada y tiene los hombros anchos, los muslos largos y la boca grande. En general, todo en ella parece más grande y más largo de lo normal. Tiene los ojos muy azules y el pelo muy corto, y se mueve con una brusquedad un poco cómica. A Lupita le gusta verla comer, porque mientras lo hace no para de hablar, y se le nota que disfruta. Come usando palillos, una cosa que llama mucho la atención, pero también le gusta mojar grandes trozos de pan en la salsa, que se lleva a la boca entre risas. 



Lo que más le gusta a Lupita de ella son las manos de dedos largos y uñas muy cortas, siempre mal pintadas. Detrás de la batería, mientras ensayan, no deja de mirarla, de mirarlas, llenas de pequeños cortes mal curados. Las ve moviéndose por el mástil de la guitarra y se las imagina sobre su piel caliente, inquietas y ásperas, explorando, y cierra los ojos y pierde, a veces, el compás, y hay que volver al principio de la canción y a ver si estamos a lo que estamos, bonita.

lunes, 9 de febrero de 2015

...y un café

Cada mañana la misma ruta, subir la calle y cruzar hasta las terrazas donde hay quien también en invierno desayuna su café y sus porritas leyendo el periódico al sol, desviarse después para pasar por el kiosco, saludar y llevarse el diario, el mismo de siempre porque todavía alguna vez alguien escribe algo con tino, aunque ya dé pereza leerlo, cruzar después el semáforo y subir por la acera donde, en la misma esquina cada día, un señor sin afeitar vende gatitos muertos a pilas que maúllan como bebés, el jugete más triste del mundo; seguir hasta la panadería, comprar una barra de pan caliente y, a veces, un cruasán tierno o una palmera de chocolate de dimensiones galácticas, bajar después por la otra calle, saludar con un gesto a las chavalas hiperactivas de la frutería, cruzar otra vez para remontar de nuevo hasta las terrazas, ahora hay algún cliente más, llegar al portal, subir a casa, cerrar las ventanas, poner música... 



Cada mañana, cada día, Lupita repite la misma rutina antes de ponerse en marcha, antes de poder ponerse en marcha. Después, despacito, hojeando el periódico, yendo del salón al dormitorio, del despacho al balcón, va remontando...

lunes, 2 de febrero de 2015

super

Me despierto cada mañana más temprano, con las manos dormidas y los ojos irritados, y no hay día que no me duelan las articulaciones, la zona lumbar o los hombros. Imagino que me he caído ya de demasiados edificios, y eso pasa factura. Además de los años, claro. Tengo la sensación, a veces, de que mis huesos son ahora de hormigón y pesan el doble que antes, y me muevo más despacio, tanto que casi he renunciado ya a patrullar. Además, todos esos chavales de ahora son demasiado rápidos y llegan siempre antes, con sus trajes de licra y moléculas inestables, sus coreografías chinas y sus chismes de última generación. Yo creo que somos ya viejos para esto, Lupita. Lo mío es el kevlar y el cuero, y una buena hostia a tiempo. Y me cuesta cada vez más estar a la altura de mí mismo.


Me acuerdo todavía de la última vez que combatimos juntos, no hace tanto. Tengo que decir que a ti los años te han tratado mejor, y todavía te mueves con gracia. Más lenta que antes, sí, pero con una fluidez y una coordinación que no te conocía. Joder, estás hasta más guapa, más segura. Pero no he vuelto a saber de ti desde entonces, y me pregunto si no habrás decidido ya dejarlo. Yo me lo estoy planteando, de verdad. Estoy cansado, Lupita, muy cansado. 


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