lunes, 8 de octubre de 2012

Margarita

Cada mañana saca a pasear al perro a la misma hora, y cada mañana se cruza con una jovencita que espera el autobús, una muchacha que le recordó desde el primer día a alguien, no estaba segura entonces de a quién. Despacio, mañana tras mañana, la convicción ha ido creciendo: la curva de la nuca cuando lleva el pelo recogido, la manera en que inclina la cabeza, el perfil de esos labios... Lupita recuerda esos labios, esos primeros besos de hace tantos años, besos con sabor a culpa y a duda que le queman todavía en la boca. 

Cada mañana, antes de salir a la calle, decide que ese será el día en que le pregunte a la chica de la parada del autobús si por un azar su madre se llama Margarita, si puede ser que su madre sea esa Margarita... Cada mañana pasa de largo, el estómago encogido, y la mira de reojo al pasar, sin detenerse. 



Y cada mañana, la muchacha le devuelve la mirada, furtiva; intrigada.

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